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Posted by on May 14, 2018 in Canalizaciones Kryon, Notas | 0 comments

Reúnan sus tribus, constelen y vuelvan a brillar

Reúnan sus tribus, constelen y vuelvan a brillar

Voz de la hermandad lemuriana, por Aripka Maia

Aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy. 

Soy yo nuevamente, la voz de la hermandad lemuriana activa y fuerte con su luz… que brilla y comienza a amanecer de nuevo, en los corazones que abrazan la verdad. Así, como alguna vez les hablé de danzar las formas en el mensaje del tejido del libro uno de códices, hoy vengo a hablarles de la reunión de las almas afines en las tribus de la hermandad. 

 

Creen la primera célula y así se replicaran las que darán a luz mañana. El amanecer YA ES en sus corazones de guerreros, YA ES en su porción de luz, la que llevan y han tendido a lo largo de la historia. Cuando cada individualidad brille con luz propia, reciba al gran sol central en su corazón, reestablezca su entramado y huevo divino, recién ahí podrá constelar y reconocerse dentro del tejido de la hermandad. El tejido no puede estar unido y limpio si las células que lo componen aun están perdidas. Al crearse la primera estructura de siete florecerán otras siete más en Gaia. Aunque aparentemente hay un centro, en realidad no lo hay, puesto que esta es la plantilla de constelación multidimensional de una célula compuesta por siete chispas sagradas que forman una llama, son fractales del gran sol central de la Galaxia. A su vez, cada chispa de esa gran llama tiene su encarnación (en cualquiera de sus dimensiones) en chispa femenina y masculina, lo que vosotros llamáis “llamas gemelas” en el planeta tierra. Por lo tanto, si la veis en espejo contarás 7 chispas femeninas y 7 masculinas, lo cual nos dará una célula con frecuencia 14. Pero ambas estarán contenidas en una sola estructura de 7. 


Las tribus galácticas a las cuales ustedes pertenecieron en un pasado lemuriano, fueron la unificación de todas estas células, solares, lunares, regida por la luz del tiempo y huevo divino de Dios-Diosa., Padre-Madre. Y así lo quiso Dios y así lo planificó el destino, y para nosotros todo era vida y constelábamos naturalmente en cada amanecer. Porque las estrellas plasmaban nuestro ritmo a nivel tridimensional, nosotros éramos las estrellas vivientes en el espacio gaiano, y cada tribu sabía lo que debía hacer, como las estrellas en el universo entero. Y cada tribu era una constelación, un grupo de estrellas. Y supimos que lo volveríamos a hacer de nuevo. Y supimos que para eso habíamos guardado el conocimiento en nuestros códices. En el ADN de nuestra alma. Y cada constelación, a su vez, se unificaba con las demás. Y el pegamento divino era el vacío en el espacio. Y así, cada tribu correspondiente a una constelación se conectaba con las otras. Y así, como los signos, en donde cada uno tiene un fin dentro del sistema del universo infinito, nosotros, como tribu, también lo teníamos. 

Recuerdo las hermandades, los tejidos azulados, teñidos con la luz del tiempo. ¡Cuánto hemos expresado como hermandad! No éramos otra cosa más que las estrellas vivientes en este espacio. Y así, las dimensiones del cielo habitaban en la carne, entonces una célula o llama era la primera agrupación de estrellas y desde allí se replicaban y manifestaban como lo hace una molécula de agua con todas las demás. Cada ser y esfera viviente era un fractal consciente del sol y a su vez vibraba en una clave y nota. Toda su configuración celestial y humana al momento de nacer marcaba un camino y dimensión dentro del tejido de la hermandad. El cielo apadrinaba y amadrinaba aquella nueva vida. Y el suelo era su navegante. Así, todo el entramado divino que se creaba a raíz de esa fotografía celestial (la carta natal), que se plasmaba en la carne para tener como vehículo una forma de expresarse a sí mismo.

Y es que las estrellas decidieron nacer en los cuerpos de los honrados lémures. Y es que necesitaban experimentarse en tantas dimensiones como fuera posible. Para tener un espejo dentro de su propio universo. Y así se vieron caminar desde el espacio, porque en cada avatar, ellas se observaban.

Los lémures, eran energías que caminaban por el espacio estelar encarnando todas conciencias colectivas de las cuales eran parte. Entonces, si bien veían a través de los ojos de la unificación, poseían el conocimiento de cada divinidad hasta llegar a las más altas esferas celestiales y sabían que ELLAS eran el camino hacia la fuente solar. Y así, también eran números pues los números son las puertas universales que abren las leyes y las definen en su expresión. Y también eran símbolo y melodía. Eran toda la configuración divina reunida. Eran avatares, sus cuerpos expresaban un sinfín de entramados y espacios. Esas tecnologías eran las que sostenían la luz de las estrellas en la materia. 

Voz de la hermandad lemuriana
Canalizado por Airpka Maia

 

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